Home » Actualidad » Vivir de falsas esperanzas trae sufrimiento

A pesar de que nos digan aquello de que «la esperanza nunca se pierde», hay situaciones en que es mejor dejarla ir y pasar página. Al fin y al cabo, quien se alimenta de una falsa esperanza padece un sufrimiento muy real. Vivir de falsas esperanzas es una forma de tormento. Es quedar suspendido en una antesala de deseos imposibles, metas inalcanzables y sueños que van estallando de poco a poco. Sin embargo, a menudo lo hacemos, nos alimentamos de imposibles sin ser capaces de ver las posibilidades reales, sin poder siquiera escapar de esa espiral de frustración y sufrimiento.

Se ha escrito y dicho mucho sobre el tema de la esperanza. Así, en la mayoría de las ocasiones es común atribuir a esta dimensión un halo de positividad porque, al fin y al cabo, ¿cómo va a vivir el ser humano sin esa entidad? Efectivamente, la esperanza es lo último que se pierde y es ese tesoro que hay que preservar en todo momento y en cualquier circunstancia. Ahora bien, lo que no nos han dicho es que hay una esperanza buena y otra mala. Hay un enfoque saludable y otro que no lo es, otro que cercena potenciales, autoestima e incluso nuestra salud psicológica. Existe incluso lo que se conoce como «el síndrome de las falsas esperanzas», un comportamiento que, lejos de describir trastorno alguno, define una costumbre casi inconsciente en la que muchos caemos.

Un primer aspecto que deberíamos tener claro es que la esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es aferrarnos a la idea de que ese algo que tanto deseamos saldrá bien. Decimos esto porque cuando buscamos la definición de dicha palabra, es común encontrar con ideas como fe, positividad, optimismo, etc. En realidad, este término implica por encima de todo, tener la certeza de que ese algo que uno desea tiene sentido y que además, merece nuestros esfuerzos, voluntades y paciencias. Asumir este enfoque sería mucho más saludable para todos; sin embargo, lo seguimos haciendo… Vivir de falsas esperanzas es ese pequeño defecto que a veces se adhiere a la mente y que nos cuesta tanto corregir.

Pero, ¿por qué lo hacemos? Por lo general, cuando deseamos mucho una cosa parece que aumentan las posibilidades de que ese algo ocurra. Así, y aunque toda esperanza implica la probabilidad de que determinadas realidades acaben sucediéndose, hay veces en aquello que estamos alimentando no son deseos, sino fantasías. Y en estos casos, la probabilidad de que dichas cosas pasen es «cero». La razón por la alguien llega a vivir de falsas esperanzas se debe en parte a nuestra cultura, nuestras religiones e incluso a la propia educación. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, relacionaba la esperanza con la fe y con el sentido de compromiso: si crees en algo acabará sucediendo. En el cristianismo, la esperanza es una de las tres virtudes teologales (junto con el amor y la caridad). Asimismo, desde cualquier enfoque del crecimiento personal o la psicología positiva, nos animan también a mantener la esperanza, a dotar a cada uno de nuestros propósitos esa ilusión y esa fe.

Tampoco podemos dejar de lado un hecho evidente: si convencemos a una persona de que esas esperanzas que defiende y mantiene son falsas, lo que le queda es la realidad. A veces, al retirar esa pátina dorada, lo que emerge es algo que no queremos afrontar, de ahí que alimentar la falsa esperanza no es más que un mecanismo de defensa. Muchos de nosotros sufrimos lo que denomina «síndrome de la falsa esperanza». Así, en un estudio llevado a cabo por él mismo y su equipo en el año 2000, demostró cómo una buena parte de la población vive alimentando unas expectativas en las que rara vez llega a invertir tiempo y esfuerzos. Esto implica alimentar deseos o metas que, aún sin ser imposibles o meras fantasías, nunca van a suceder porque no hacemos nada para que ocurran.

Para entenderlo mejor pondremos algunos ejemplos:

  • –> Elena tiene la esperanza de encontrar el trabajo de su vida. Sin embargo, no hace nada concreto para alcanzarlo (mejorar sus estudios, enviar su currículum a otras provincias, probar en otros mercados, etc.).
  • –> Pablo tiene la esperanza de que la relación con su pareja va a mejorar. Ahora bien, en realidad, él está adoptando una actitud pasiva. Está esperando que sea la otra parte quien haga algo para solucionar las cosas.

Estas dos situaciones también definen a la perfección lo que es vivir de falsas esperanzas. Son dos personas que se limitan a alimentar el deseo, la fe y el optimismo hacia algo que esperan que suceda en algún momento de forma milagrosa. Sin embargo, se olvidan de aplicar los principios de la esperanza saludable.

Los pilares de la buena esperanza

La esperanza es una fortaleza de carácter. Como tal, requiere que pongamos en práctica estas claves:

  • Tener claro que eso que deseamos es realista y está dentro de nuestras posibilidades.
  • Toda esperanza factible y saludable evita la pasividad. Si deseamos algo que es posible hay que desgranar esos deseos en metas y resoluciones que cumplir a diario.
  • La esperanza es un sentimiento constructivo. Hay que trazar un camino y seguirlo, pero en ocasiones, estaremos obligados a reconstruir y replantearnos determinadas cosas.
  • Esperanza es también confiar en nosotros mismos y saber que, en buena medida, lo que sucederá está en nuestras manos. Si colocamos nuestras esperanzas en hombros ajenos, reduciremos las posibilidades de que ese deseo se haga realidad.

Concluyendo: para dejar de vivir de falsas esperanzas, necesitamos que esa fe y ese optimismo se materialicen en hechos concretos y realistas. Alimentar expectativas positivas sobre nuestro futuro es adecuado y necesario, pero hagámoslo siempre de forma equilibrada.

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