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Está claro que, por un lado, los vínculos en términos de libertades individuales pueden ser posibles de las más variadas formas imaginables, pero también es cierto que los órdenes sociales se estructuran a partir de una importante regulación de todo lazo. Hay formas vinculares instituidas y, por eso mismo, hay formas vinculares heterodoxas, transgresoras o alternativas. Este “por eso” es clave, ya que lo instituido necesita siempre erigir sus límites sobre lo que desde dentro del sistema se considera una transgresión posible. La ley siempre se escribe desde dentro y necesita la existencia de un “fuera” para legitimarse. Así, aunque sea posible generar una multiplicidad de formatos de vínculos posibles, nuestras sociedades, sin embargo, establecen una ontología del vínculo a través de su institucionalización y expansión por fuera de la cuestión afectiva.

No todo es masculino o femenino. Del mismo modo, no todo es soltero o casado, o no todo es datos del padre o de la madre; y mientras la monogamia siga siendo una cuestión de Estado, nunca será una elección sino una imposición. Nuestro sistema supone la monogamia y ejecuta normas, reglas y disciplinamientos. Y, sobre todo, normaliza. Por eso, lo otro de la monogamia como transgresión posible no hace otra cosa que apuntalarla como dispositivo: hablamos de amantes, infidelidades y aventuras varias que en su ruptura del contrato, en su ilegalidad, solidifican las estructuras vigentes. Lo legal siempre es legal porque existe lo ilegal. A nadie sirve más lo ilegal que a lo legal.

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Por eso, una ruptura radical con la monogamia supone una transformación de fondo que deconstruya la esencial conexión entre amor y contrato. Deconstruir la normalización de la monogamia como forma instituida de los vínculos sociales supone ya una práctica política: cuestionar la idea de vínculo como contrato. O, peor, cuestionar la relación entre el amor y la ley. En ese sentido, si sostenemos una idea del amor como entrega, como retracción, como prioridad del otro (“me retiro para que el otro sea”), entonces cae todo acuerdo o intercambio cuyo propósito sea el resguardo del individuo como ganancia. Si el amor es entrega, no hay necesidad de ningún pacto. Los contratos expresan más bien una lógica de mercantilización social que lo inunda todo, sobre todo los vínculos afectivos.

Desde esta perspectiva, cualquier alternativa posible a la monogamia que no rompa con la esencial conexión entre amor y normativa no haría más que reproducir un mismo problema: poligamias, parejas abiertas, poliamores, se tiene la sensación de que mientras siga habiendo reglas, seguirá habiendo una tensión. Y si el amor se juega en esa tensión, una política del amor debería sumergirnos en un estado de revolución permanente.

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