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Punta Cana se ubica en el extremo oriental de República Dominicana y existe por y para el turismo. Posee una de las mayores concentraciones de resorts del Caribe y fue fundada en función de satisfacer una demanda que buscaba un lugar distinto y especial para las vacaciones. Sus habitantes lo saben y lo hacen notar. Cordiales, amables, reciben con una sonrisa y se muestran curiosos por el origen del recién llegado.

El aeropuerto es sencillo y austero. Posee techos de quincho y enormes ventiladores. Hasta llegar al resort hay que realizar un viaje de 30 minutos y, en este trayecto, a diferencia de muchos otros lugares de la región, aquí lo que sobra es vegetación: palmeras de todo tipo, manglares, bananos y decenas de otras especies conforman una selva cerrada y verde, muy verde, que sólo se ve interrumpida por esa larga lengua de asfalto que es la nueva autovía que conecta esta ciudad con la capital, Santo Domingo.

Al llegar a los resorts, todo invita al relax. Piscinas enormes con barras en el medio que sirven tragos indiscriminados con bebidas de primeras marcas se distribuyen en medio de centenares de reposeras, cada una con una toalla lista para usar, mientras un ejército de camareros va de un lado a otro trayendo y llevando copas y platos de comida para que nadie tenga siquiera que moverse de su lugar para comer. El mismo concepto de confort se aplica para llegar a las habitaciones: distribuidas en módulos alejados del gigantesco y siempre vivo lobby, se va a ellas en carritos de golf que hacen paradas en medio de los laberínticos caminos que brindan una intimidad impensada. Más allá, los sectores de juegos para chicos se mezclan con los rincones con actividades para adultos. Y al final, sí, la playa, blanca, suave repleta de palmeras y rodeada por ese indescriptible mar turquesa.

La estada en estos resorts es más que relajada. No sólo porque el personal parece desvivirse para que todo esté en orden, sino porque el concepto de all inclusive (en este caso, de lujo) incluye absolutamente todo (desde tragos y comida gourmet hasta actividades recreativas, paseos en veleros o excursiones para hacer snorkel, uso de bicicletas y más) y permite que el visitante se olvide de todo mientras disfruta los atractivos del lugar.

Del otro lado de las imponentes entradas a estos “micromundos”, Punta Cana muestra su cara más auténtica. A lo largo de esa extensa franja que bordea la zona hotelera aparecen esparcidos decenas de sectores urbanos en los que se encuentran las viviendas de muchos de los que trabajan en los hoteles, y también donde los locales tienen sus lugares de encuentro. Con la bachata y la salsa como música funcional, el aire mezcla el olor a la comida regional con el bullicio típico de los pueblos centroamericanos. Bares, pequeños restaurantes, locales de ropa, ateliers de pintura y escultura, tiendas de suvenires y artesanías que venden desde remeras con el clásico I love Punta Cana y pareos de infinitos colores hasta cigarros cubanos de dudosa procedencia y factoría, se pelean el espacio callejero y la atención de los visitantes en busca de alguna venta salvadora. Como no podría ser de otra forma, en esta economía informal a microescala, el regateo reina.

Este es, sin duda, el lugar para comprar las aquí famosísimas mamajuanas, botellas de diseño colorido que contienen ese brebaje que es bebida nacional, una mezcla de ron, vino tinto, miel y una selección de hierbas, raíces y cortezas de árbol que parece el deleite de los turistas europeos y norteamericanos, y a la que se le atribuyen infinidad de propiedades medicinales, desde calmante de dolores hasta vigorizante sexual. De noche, el panorama cambia. Con los locales de mercadería cerrados, los bares y las discotecas toman el control, y lugareños y turistas comparten música, tragos y compañía hasta bien entrada la madrugada.

Además de la práctica de snorkel y buceo en uno de los tantos arrecifes que rodean Punta Cana, en donde la gran transparencia del agua permite contemplar cómo de entre las rocas aparecen cientos de especies de formas y colores fascinantes que se mueven entre algas, esponjas, estrellas de mar y corales en formación, en el extremo sur de esta ciudad, dentro del Punta Cana Resort & Club, se encuentra la Reserva Ecológica Ojos Indígenas. Este enorme oasis verde de más de 600 hectáreas es uno de los secretos mejor guardados de Punta Cana. Más de 500 especies vegetales, tanto autóctonas como importadas por los conquistadores españoles, y una decena de animales y aves que sólo se encuentran en esta isla son sólo una parte de lo que se puede apreciar cuando se desandan los tres kilómetros de sendero que permiten recorrer lo más importante de la reserva.

Sin embargo, el atractivo mayor está a pocos minutos de marcha, cuando el camino se bifurca frente a una enorme laguna de agua dulce y fresca de un increíble verde esmeralda; a sus lados se levantan dos pequeñas plataformas de madera sobre las que media docena de viajeros aguardan su turno para lanzarse y refrescarse del intenso calor. Denominada Guamá es sólo una de las 12 piscinas naturales que se encuentran en la reserva, todas conectadas por un río subterráneo que desemboca en el mar, y que albergan a varias especies de peces y tortugas de agua. Sin duda, un secreto que vale la pena develar.

Cómo llegar : LAN. Tiene vuelos todos los días (con escalas en Lima, Santiago, Chile, o Miami), con tarifas desde US$ 1176,22. También desde Mendoza vía Buenos Aires, desde US$ 1663,72. Informes, www.lan.com

Dónde dormir: Paradisus Palma Real Resort. En temporada baja, desde US$ 205 por noche por persona en base doble (todo incluido). Temporada alta, desde US$ 322. Informes: www.paradisuspalmareal.com

Qué hacer: Buceo: hay salidas programadas con valores desde US$ 250. Snorkeling: los resort ofrecen excursiones sin costo de unos 40 minutos para apreciar la vida marina. Paseo en Segway: dura aproximadamente dos horas y media durante las cuales se recorren canchas de golf, playas y parte de la reserva ecológica (US$ 79 por persona).

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