Home » Bienestar » Esa sensación de constante insatisfacción

insatisfaccion en este mundo moderno

Hoy vivimos disociados. Por un lado, el progreso tecnológico y material y por otro, el progreso moral. Dos caminos que parecen no unirse y esta disociación resulta dramática y, en ocasiones, trágica. El resultado es un extendido estado de insatisfacción (casi una pandemia). Esto se observa en los vínculos, en las actitudes, en lo profesional, en lo individual, en lo grupal, en todos los ámbitos de la vida. Nada alcanza, nada es suficiente, la queja está a la orden del día y, más allá de todo lo que lleguen a tener desde el punto de vista material e inmediato, la mayoría de las personas parece no encontrar o no saber cuál es el sentido de su vida. Mientras tal sentido no emerja, prevalecerá la angustia existencial, la sensación de vacío. ¿Cómo vivir, en este contexto y más allá de las apariencias, una vida con sentido, una vida plena y que además lo sea a partir de lo cotidiano, de lo real, de lo palpable y accesible de nuestras experiencias?

Quizás deberíamos comenzar por explorar los valores, no como algo abstracto, sino como componentes de nuestra vida, y ver cuál es el modo de sostenerlos, qué ocurre cuando los respetamos y qué cuando faltamos a ellos. Empatía, colaboración, respeto, solidaridad, humildad, honestidad, gratitud, compasión, aceptación, compromiso, lealtad, generosidad, buena fe, amor. ¿Qué pasa cuando están ausentes? ¿De qué modo podemos hacerlos presentes? En un caso o en el otro afectarán a nuestros vínculos, a nuestro modo de estar en el mundo. Porque ningún valor es imaginable si no incluimos al otro, si no recordamos que el otro es condición de nuestra propia identidad, y no simplemente un medio o un obstáculo para nuestros fines.

Los valores se viven, no se declaman. No hay otra forma de ponerlos en práctica que no sea convertir en acciones aquellos valores en los que creemos. Nuestros valores deberían convertirse en nuestra segunda piel. Nuestros valores tendrían que estar vigentes en nosotros cuando estamos a solas y nadie nos ve.

¿De qué hablamos cuando hablamos de vivir con sentido? Vivimos tiempos de insatisfacción, de profundo malestar emocional, afectivo, psíquico y espiritual, de enorme desarrollo tecnológico y material que no va acompañado por un progreso moral, por una voluntad de sentido. Son tiempos de fragmentación y ruptura en los lazos significativos y necesarios entre las personas, tiempos de pensamiento débil, superficial, perezoso, en los que se espera que la vida nos dé respuestas fáciles, rápidas, precongeladas. Tiempos en los que nos olvidamos con facilidad y negligencia que estamos en la vida para responder y no para preguntar, para buscar y no para esperar que nos sirvan. La plenitud es una respuesta, como la felicidad. Es un punto de llegada no garantizado, al que se puede arribar sólo después de haber caminado, de haberse perdido, de haber probado caminos, de haber transitado sobre los propios pies y no en brazos de otro. Los momentos de plenitud son el resultado de un modo de vivir, de una conducta, de riesgos asumidos, de experiencias que se impregnan en nuestro ser, en la propia piel, en el alma propia.

Hay que practicar a diario ejercicios de indagación y mantener un diálogo interno que sea un disparador de nuevas inquietudes, una confirmación de la validez  de cuestionar lo que nos es dado, de mirar la vida y el mundo más allá de sus apariencias, de las obviedades y de las creencias impuestas o heredadas.

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