Home » Actualidad » El poder se encuentra ligado a la propia sobrevaloración

Es bien conocida la frase, “el jefe siempre tiene la razón””, pero ¿esta cualidad de la razón quien la atribuye?

Según el sociólogo Nathanael Fast, de la Escuela de Negocios Mashall de la Universidad del Sur de California, el poder se encuentra estrechamente vinculado a la propia sobrevaloración. Para comprobar su hipótesis, realizó una investigación en la cual simplemente invitó a empleados de distintos estamentos jerárquicos a un juego de preguntas. Los participantes tenían la posibilidad de responder a las cuestiones apostando un dólar por cada una. Si fallaban la respuesta, perdían el dinero, pero si acertaban obtenían el doble. Lo que esta investigación pudo comprobar que cuanto más alto era el cargo que ocupaban los sujetos en la empresa, mayor era su disposición a participar en el juego, incluso si el experimentador principal les había advertido de que, de media, solo un 20 % de los candidatos respondía de forma correcta.

Aunque los participantes con puestos profesionales más altos no sabían más que los de rangos inferiores, creían con mayor firmeza en su propia formación. Al final, volvieron a su casa con menos dinero en los bolsillos. Curiosamente, este efecto se registró solo cuando se había preguntado previamente a los entrevistados por su grado profesional; es decir, cuando eran conscientes de su posición de poder.

Numerosos escándalos políticos, en forma local e internacional, de los últimos años están relacionados con el poder y su abuso. El poder se encuentra allí donde las personas se relacionan: en la política, en la empresa, entre los amigos y en la pareja. Quien experimenta el hecho de ser poderoso se siente alentado para actuar. El poder permite a las personas actuar libremente. No solo promueve la motivación, sino que también cambia el estatus.

Las personas con y sin poder viven en mundos completamente distintos y que crean también a través de su propia conducta. En situaciones “sin poder” actuamos cohibidos, nos centramos más en las necesidades de los demás y somos más sensibles al castigo. Con el incremento de la influencia no solo nos sentimos mejor, sino que nos volvemos más receptivos a la recompensa y actuamos con mayor libertad.

Numerosos estudios confirman que las personas se atienen menos a las normas sociales cuanto más poder ganan. Ello no es necesariamente negativo: en ocasiones debemos pasar por alto las expectativas y los requisitos del entorno para perseguir nuestros propios intereses.

En psicología, se ha estudiado el concepto de maquiavelismo el cual se emplea como un rasgo de la personalidad. Las personas que poseen esta característica se preocupan por la apariencia y la influencia; siempre buscan su propio provecho y emplean al prójimo para sus propósitos. El maquiavelismo, junto con el narcisismo y la psicopatía, forman la denominada tríada oscura. Este concepto parte del filósofo político Nicolás Maquiavelo, el hecho de que los gobernantes actúen de manera pérfida y sin escrúpulos forma parte de un ejercicio del poder exitoso. “Es más seguro ser temido que ser amado”, escribía a comienzos del siglo xvi en su obra El príncipe. De ahí que se hable de maquiavelismo cuando los dirigentes persiguen sus objetivos sin tener en consideración los límites morales o legales.

Otros estudios han llegado más allá, realizando una diferencia sobre el género, demostrando que el comportamiento dominante se desaprueba más en las mujeres que en los hombres. La mayoría de las investigaciones de la psicología social no resultan demasiado halagadoras para los directivos: cuando las personas alcanzan puestos de poder, sobrestiman sus capacidades, corren mayores riesgos, tienden a pensar a partir de estereotipos e ignoran con mayor frecuencia los puntos de vista del resto de congéneres. Quien ostenta el poder piensa de manera abstracta. También se comporta de forma poco altruista, puesto que en lugar de emplear sus capacidades para el bienestar del grupo actúa más en beneficio propio y muestra poca empatía hacia el prójimo.

En primer lugar, el poder constituye una fuerza desinhibidora que nos conduce a ser activos, a emprender acciones. A menudo nos dirige hacia situaciones en las que nos podemos mostrar cómo más fuertes que antes. En ocasiones, el poder revela propiedades que permanecían ocultas. Las personas que consideran necesario un equilibro exacto entre dar y recibir en las cuestiones sociales, son proclives a dar más de sí mismas en las situaciones de poder. Las que luchan por el bienestar de todos también continúan comportándose de manera altruista cuando alcanzan cargos de autoridad.
El hecho de que las personas poderosas empleen su influencia para el bienestar de los subordinados o el suyo propio depende de múltiples factores, entre ellos, la situación política o la cultura de empresa. Pero también de la propia persona. Dicho de otro modo, el poder puede corromper, pero no tiene por qué.

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