Home » Psicología » El amor es ciego, sordo y mudo

En sus inicios, el amor implica, más allá del romanticismo que podamos adjuntarle, que venga acompañado de varios procesos psicológicos y neurológicos, principalmente cambios en nuestros neurotransmisores.
Se produce tal cambio químico, en sus estadios iniciales, como si una obsesión monopolizara nuestro pensamiento.

Cuando se realizan investigaciones al respecto, detectan que en los estadios iniciales del enamoramiento, se da un decremento de los niveles de una sustancia que utilizan las neuronas para comunicarse: la serotonina. Decrementos parecidos se han mostrado en pacientes con trastornos obsesivos.

Diferentes trabajos han mostrado que el hipotálamo se activa tanto en relación con los sentimientos románticos como en relación con placer y la activación sexual. No obstante, esta estructura no parece activarse con el amor maternal. Asimismo, tanto durante el deseo sexual como durante el enamoramiento tiene lugar un decremento de activación en regiones de la corteza frontal. La pasión que se observa durante el enamoramiento parece relacionarse con una suspensión temporal o con una laxitud de los criterios que utilizamos para evaluar a otras personas. Hoy sabemos que estas funciones dependen de la corteza frontal. Esto es lo que produce que el amor “sea ciego, sordo u mudo”, al haber un detrimento del área cerebral del razonamiento, ya no razonamos tanto.

Una cara atractiva, la activación sexual y la experiencia visual de algún estímulo hermoso, como una puesta de sol en primavera, parecen activar la corteza orbitofrontal. Por su parte, la cara de la persona amada y estímulos con alto contenido sexual activan dos regiones corticales: la corteza cingulada anterior y la ínsula. Áreas encargadas en la socialización y el acercamiento al otro. Pero parece ser que el detalle es la cara bonita, esto puede llevarnos a acercarnos donde no debemos.

Además, se ha podido comprobar que tanto las caras atractivas como el rostro de la persona amada reducen la actividad de la amígdala y de la corteza prefrontal derecha. Esto sugiere que no solo presentamos un juicio menos severo cuando estamos ante la persona amada, sino también cuando estamos ante personas atractivas. El hecho de que una persona sea atractiva genera un juicio más positivo por parte de los otros, ya que desde un punto de vista neural quedan suspendidos los signos de evaluación de desconfianza a partir del rostro de la persona. Por eso existen infinidades de investigaciones que tratan sobre las posibilidades de encontrar un puesto de trabajo mejor a partir de una cara bonita o por el contrario las sociedades que se basan en la “portación de cara”.

La corteza orbitofrontal se halla conectada con diferentes áreas corticales y subcorticales (por ejemplo, la amígdala, la corteza cingulada anterior, el núcleo caudado, el putamen, etcétera) que se encuentran implicadas en el enamoramiento. En una palabra, cuando estamos enamorados nuestro cerebro presenta unos patrones de activación muy diferentes de cuando no estamos enamorados. Belleza y amor se encuentran íntimamente relacionados con el deseo erótico. Hemos de tener presente que un amor intenso normalmente implica un alto deseo sexual.

¿Procesamos neuralmente la belleza de igual forma los hombres y las mujeres?

Recientemente, un equipo de investigadores compuesto por miembros de la Universidad de las Islas Baleares, la Universidad Complutense de Madrid, la Universidad de California y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, ha mostrado que la capacidad para apreciar la belleza difiere entre hombres y mujeres por lo que se refiere al cerebro. Estos investigadores han puesto de manifiesto que cuando las mujeres evalúan diferentes estímulos en relación con la belleza de los mismos, se activan regiones en el lóbulo parietal de los dos hemisferios cerebrales, mientras que en el caso de los hombres dicha activación se da preferentemente en el hemisferio derecho. Es decir, los hombres solo utilizan la mitad del cerebro para apreciar la belleza.

Los autores sugieren que estas diferencias parecen el resultado de procesos evolutivos con relación a diferencias de género en lo que respecta a los correlatos neurales de coordinación y categorización de las estrategias espaciales utilizadas. Las diferencias encontradas entre mujeres y hombres en relación con la apreciación de la belleza podrían reflejar diferencias en las estrategias asociadas con la división de las labores en los ancestros homínidos: las mujeres estaban básicamente orientadas a la recolección, mientras que los hombres se orientaban a la caza. Un hombre cazador necesitaba interpretar las relaciones espaciales entre los estímulos de una forma determinada. Además, la atención se tenía que centrar en el animal al que se pretendía dar caza. Mientras tanto, la mujer tenía que encargarse de las labores de recolección y del cuidado de la progenie. Las capacidades espaciales y atencionales que ésta debía poner en marcha diferían notablemente de las del cazador.

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