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Birmania es uno de los estados más pobres y menos visitados del Sudeste Asiático, vecino de otros muy populares como Tailandia y Vietnam. Debido a su aislamiento económico y social, producto de la dictadura que gobernó hasta 2011, es paradójicamente también uno de los sitios menos contaminados por el turismo de masas, por lo que las creencias, los ritos y las tradiciones fueron conservados con una pureza inverosímil. Aquí, la espiritualidad aún le gana al comercio. Precisamente esta autenticidad, la naturalidad de sus paisajes, la hospitalidad de su gente y la concepción budista del desapego sobrevolando por el aire, hacen de este lugar uno de los más tranquilos, seguros e interesantes de todo el mundo.

Como una brillante paleta de colores, el dorado de los santuarios, el naranja o carmín de las túnicas de los monjes, el verde de los campos de arroz y el azul de los lagos dominan los paisajes y cautivan a cualquier persona que decida recorrer este enigmático país.

YANGÓN

Sin dudas, lo más interesante no está en las ciudades, sino en sus alrededores, la selva y el campo. La gente vive de la agricultura, de las parcelas de arroz familiares, también de la pesca y de la explotación de piedras preciosas, como rubíes, jades y zafiros. Contemplar los verdes pastos y el azul de los lagos es lo más cercano a la paz que podamos encontrar. Yangón (ex Rangún y capital birmana hasta 2005) es una ciudad cosmopolita; el gentío, el tráfico, los mercados y el bullicio abruman. Todo funciona con un caos que amedrenta, pero sentarse en uno de los muchos y diminutos puestos callejeros a tomar un té es muy similar a encontrar un oasis en el desierto. En el centro de la ciudad está la pagoda Sule, dominada por una gran estupa dorada que se levanta casi por 50 metros en medio de la plaza principal. Está rodeada por tiendas y comercios donde se pueden comprar recuerdos. Una pagoda es un sitio de peregrinación para los fieles, lugar de meditación y recogimiento, y su estructura representa la doctrina transmitida por el Buda que según la tradición, llegó a Myanmar hace más de dos mil años, probablemente de mano de comerciantes indios. En las afueras, está el santuario más venerado del país y uno de los monumentos más impresionantes: la pagoda Shwedagon.

Sobre una colina y al pie del lago Kandawgyi, con cien metros de altura, desde varios puntos de la ciudad se divisa su increíble estupa dorada. Toda recubierta en oro y diamantes que van cambiando de color según la luz, en su interior guarda ocho pelos de Siddhartha Gautama, que alcanzó la iluminación y se convirtió en Buda hace más de 2500 años. Según la tradición, los templos más importantes son los que conservan algo del mismo Buda: un pelo, un hueso, un diente o una huella. La vegetación es exuberante y la humedad domina el ambiente, todo está preparado para sentir el contacto con la naturaleza y conectarse con las cosas desde otra perspectiva. El lugar indicado para sentir el poder de la oración es el santuario de Kyaiktiyo y su famosa roca dorada, una piedra toda cubierta de oro al borde de un acantilado a dos mil metros sobre el nivel de mar, donde los peregrinos encienden velas y hacen sus ofrendas. Entre Yangón y Bagan hay un pueblo muy pequeño de nombre Pyay que tiene su encanto.

BAGAN y los 4.000 Templos

Durante dos siglos, a partir de 1044, tanto los nobles como la gente del pueblo competían por honrar a Buda y así llegaron a construir miles de templos en la llanura de Bagan. Este magnífico conjunto de pagodas y palacios es el destino más popular de Birmania y una de las joyas de todo el Sudeste Asiático. Parece haberse detenido en el tiempo, y esta impresión es aún más real cuando entre la selva que fue invadiendo las construcciones van y vienen campesinos cargando agua o con carretes de bueyes para arar. Obviamente es imposible visitar todos los templos, por eso, para adecuarse a la tranquilidad del lugar, es conveniente quedarse varios días y vivir la experiencia de subir cada puesta del sol a un templo distinto para admirar el paisaje, mientras se escucha de fondo el tintineo de las campanas de los monjes que parecen flotar en el aire y el calor disminuye un poco. Si bien es un área arqueológica, y muchos de los templos están en ruinas, algunos siguen activos para el budismo, por eso hay que entrar descalzo y se recomienda llevar una linterna para admirar mejor los relieves, pero también para no lastimarse ni pisar escorpiones. Los templos de Ananda, Thatbynnyu, Shwegugyi y Mahabodhi son los más destacados. La zona está dividida en tres partes: Nyaung U (donde están la mayoría de los hoteles), Old Bagan (donde se ubican los templos) y New Bagan (la zona con más restaurantes). Lo ideal es alquilar una bicicleta y recorrer por cuenta propia este impresionante sitio histórico y espiritual.

El Lago INLE

El inmenso lago Inle es como el capítulo principal de un cuento fantástico. En él habitan distintas tribus birmanas, más de 70.000 personas, que construyen sus casas de madera sobre pilares y también islas flotantes hechas con jacintos, cañas secas, algas y barro del fondo donde cultivan distintas verduras y flores. Es impresionante ver desde las canoas, jardines acuáticos de orquídeas o grandes cultivos de tomates. También el lago tiene una gran variedad de peces y una diversidad de especies impresionante. Quizá la postal más conocida de Inle es la de los hombres en sus canoas y su característica forma de remar: de pie y moviendo un remo con una pierna enrollada en él. O también con las redes cónicas con las que pescan para alimentarse. Aquí, la comunión entre el hombre y la naturaleza llega a su estado más armonioso.

Y la mejor manera de recorrer el lago, sus aldeas acuáticas, los mercados, las fábricas de tejidos, plata o tabaco es alquilar una barca y tomarse el tiempo para conocer, descansar y sorprenderse. También se puede recorrer la zona en bicicleta y visitar los monasterios cercanos, o simplemente caminar entre la dominante vegetación. Una de las excursiones más populares es hacer trekking hasta el lago Inle desde Kalaw, un pequeño pueblo entre montes, visitar por el camino distintas tribus y dormir por ejemplo en un monasterio manejado por niños budistas. La amabilidad de los birmanos hace que soportar el calor y el cansancio sea más sencillo. Al noroeste del lago, están las cuevas de Pindaya, con más de 8000 figuras distintas de Buda, algunas hechas de oro, otras de mármol o madera. La atmósfera esotérica del lugar, los brillos de las estatuas y los distintos olores hacen de este rincón uno de esos sitios que siempre vamos a recordar.

MANDALAY

Quizá hayamos leído alguna vez el poema de Rudyard Kipling, “Mandalay”, o escuchado a Frank Sinatra cantar “Camino a Mandalay”. Esto pone en evidencia el exotismo y la singularidad de esta antigua ciudad, residencia del último rey de Birmania, y el lugar con mayor cantidad de monjes budistas del mundo. En todo el país, la tradición monástica está muy arraigada y todos los padres quieren que sus hijos ingresen a la comunidad monacal budista al menos una vez en la vida. Antes de los 20 años, prácticamente todos los jóvenes permanecieron en un monasterio; lo pueden hacer tan sólo por 24 horas o para toda la vida. Como buena ciudad birmana, las calles de Mandalay son un caos de ruido y gente. El mayor atractivo es el Palacio del rey, y también la colina de Mandalay que regala una vista increíble de los verdes campos al atardecer. Para llegar hasta la cima, hay que subir varios escalones y pasar por unas cuantas pagodas. Además de monasterios como Shwenanadaw y Atumashi, y pagodas como Kyauktawgyi y Kuthodaw, conocida como “el libro más grande del mundo” porque hay 729 losas de piedra talladas con textos de la Tripitaka, las enseñanzas completas de Buda, la ciudad tiene varios mercados, incluso algunos nocturnos y uno exclusivo de jade.

En las afueras, están los puntos más interesantes. Cuatro antiguas capitales imperiales que recuerdan el esplendor de la realeza birmana rodean a Mandalay: Amarapura, Ava, Sagaing y Mingún. En la primera, está el famoso puente de teca U-bein de 1,2 km de largo y 200 años de antigüedad por el que pasa muchísima gente que vuelve de trabajar con sus cestos, bicicletas, azadas y enormes sonrisas. Dos recomendaciones: sentarse en un chiringuito cerca del puente a tomar una cerveza local para ver pasar a los birmanos, y comprar un incienso, encenderlo y sumarse a un grupo de meditación de los que abundan bajo los árboles. A Ningún se llega sólo en barco y es la ciudad antigua más conservada de las cuatro. Es un tranquilo pueblo de pescadores entre la magnífica vegetación tropical y las ruinas de fabulosos templos. Aquí se encuentra la campana colgada más grande del mundo, una gigantesca estupa que no se terminó de construir y la pagoda Settawya, que guarda una huella de Buda. Fuera de la ruta más transitada por los viajeros, están las paradisíacas playas de Ngapali, un destino recientemente descubierto para el turismo, con un mar turquesa y arenas doradas, donde existe la opción de probar la mejor comida el país y descansar en lujosos resort con spa.

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